viernes, 26 de octubre de 2012

Nimiedades


No; la lluvia no te moja: 
te resbala.
Tienes la piel de aceite, amada mía.




Es posible que Ángel González imaginara a su amada sino en una ciudad como esta, al menos en una ciudad con este clima, cuando escribió esos versos.

Lejos de querer rellenar este blog con un tema de ascensor, creo que vale la pena que os cuente cómo funciona aquí el asunto. Si no por curioso, al menos porque teniendo en cuenta que me paso los días postrado ante la ventana, es lo que más experimento.

Dicen que aquí nunca sale el sol, que siempre llueve, que el tiempo, en resumen, es malo. Dicen que el frío no te deja salir de casa, al menos no para estar fuera más de media hora paseando, y que todos corren a sus casas donde las calefacciones están tan altas que puedes cerrar los ojos e imaginarte en el caribe (algo más seco, sin duda).

Mi conclusión personal es que la cuestión es quejarse.

Aquisgrán no tendrá los días, semanas, o meses eternos de sol como Valencia. Verá la lluvia más a menudo, y sentirá el frío con más ahínco. Pero nada tiene que envidiarle.

Quizás los valencianos (y me refiero a ellos especialmente porque de ahí venimos) no recuerden cuánto puede llegar a pesar el sudor, cómo cala el frío cuando llega, cómo moja la lluvia, que no resbala, porque cae como manguerazos en todas direcciones. Quizás nadie ha pensado que eso anula el color verde, que llena las calles de polvo y hace del asfalto la sartén ideal para derretir hasta las ideas.

Aquí puede llegar a llover unas 5 veces al día, puede no salir el sol con tanta eficacia, puede, cuando llegue el invierno, que el color blanco pase de puro a maldito (y digo puede porque no lo sabemos).

Pero cuando llueve, resbala. La lluvia no moja más que los adoquines. Gotas largas, como alfileres líquidosY en casos extremos los paraguas cobran vida en un paseo agradable, nada de batallas de plástico y viento, donde sueles perder la elegancia a manos de una lluvia que parece que caiga del suelo.

Así que le sonreímos a este clima que llaman horrible, y uno a uno caen los mitos del país germano.



miércoles, 10 de octubre de 2012

Conformismo reticente



Han pasado unas dos semanas desde que llegamos. Algunos dirán que es poco, y otros que es suficiente. La cuestión es que ya podemos llamar a este lugar "casa".

Y pensándolo bien nada tiene que ver con el tiempo. Podrían pasar meses y nosotros seguir sintiéndonos extraños; cerrarnos en banda a todas estas rarezas, a la brusquedad de tanta consonante junta, a lo asfixiantes que resultan las palabras largas como líneas de cuardenillo.
Pero todo en esta vida es una cuestión de actitud, la realidad a fin de cuentas siempre es subjetiva, y yo ya vine enamorado del mundo, ya me metí enamorado de Aquisgrán en la maleta. "Amor ciego, inconsciente y necesario" dice Lidia.

Pero tampoco íbamos mal encaminados, las descripciones de la wikipedia prometían. ¿Lectura selectiva? Quién sabe...

Esta es una ciudad pequeña, de esas ciudades que caben en la palma de la mano. Y aún así esconden infinidad de secretos. Poco a poco Lidia los va descubriendo y me los cuenta al llega a casa..: como todas las fuentes que uno puede encontrar en la ciudad, porque Aquisgrán es la ciudad del agua, cada una envuelta en una historia o leyenda. Yo me siento todos los días en la repisa de la ventana, arropado por el radiador y rodeado de mis plantas, y espero que llegue, me guardo la información y le doy forma.
Desde aquí sólo puedo observar la Ludwigsallee Strasse, con sus árboles que día a día van cambiando de color. ¡La de colores que encierra el otoño! Esto Valencia no lo conoce...
Ella sale, pasea, explora cafeterías y descubre todo lo que esta ciudad nos ofrece. Algún día me llevará consigo, eso me repite siempre.

Y es que a fin de cuentas, cuando uno se va a la aventura, cuando uno se va porque quiere crecer (y quizás donde está no le dejan), cuando uno decide hacer un cambio tal que este, no le queda más que conformarse. Conformarse y mirarlo todo con lupa, pero conformarse. Y ya puesto a aceptarlo, mejor que sea con alegría y entusiasmo.

Porque "hay tantas realidades como puntos de vista." (José Ortega y Gasset)


martes, 2 de octubre de 2012

Mi historia

Hola, me llamo Nunú, soy un peluche, y tengo 32 años.

Hoy inauguro mi blog, y como inicio estaría bien explicar cómo he llegado hasta aquí, para que os vayáis situando:
Mi vida era tranquila, lo normal en un oso de peluche. Como todos, tuve un Niño en mis inicios, y como sucede con muchos de nosotros no pasé a manos de otro niño cuando este se hizo mayor. Y así ambos crecimos. Loormelotte hizo su vida, y yo me quedé en la estantería como decoración, dando un toque de nostalgia a la habitación.

Pero mi vida cambió drásticamente cuando apareció Lidia...

Para empezar casi muero en una lucha intensa con la lavadora. Nadie nos lo explica cuando nos fabrican, pero tras estar decorando una estantería, si quieres volver a la vida de los humanos, has de pasar por la lavadora. Ella decidirá si vives o mueres, algo así como un circo romano. Efectivamente, tras 32 años acumulando polvo y vejez, es una lucha a vida o muerte.
Como podéis intuir murió la lavadora, pero yo quedé gravemente tocado; mis cosidos no aguantaron la pelea y cedieron, dejando que todo mi fieltro (que vienen siendo nuestras entrañas) se esparciera por toda la máquina. Excepto la cabeza, quedé desvalido de cuello para abajo. Curiosamente mi herida casi mortal fue mi salvación, y con mis tripas embozando la lavadora vencí la batalla.

Lidia me llevó al médico; una linda señorita que me pespuntó todos los remiendos necesarios para devolverme a la vida. A fin de cuentas, por mucho que se nos adore, ¿quién quiere un peluche roto con pinta de gremlin y un aire a Stephen Hawking? Pues eso.
La médico, especialista en el cuidado de peluches y amigurimis, una diosa de la aguja, no solo me curó, me dio una segunda vida, o mejor, me quitó años de vida. Su clínica podría llamarse "Corporación peluchestética". Me dio, a fin de cuentas, una segunda oportunidad.

Y con esta situación entre mis manos no podía volver a la estantería. ¿Tanto sufrimiento para pasarme otros 32 años de polvo y altura, entre libros que no hablan si no insistes? Me negué.
Entonces vi claro mi nuevo plan de vida: Lidia se marchaba a Aquisgrán, era cariñosa y buena conmigo, así que no lo dudé ni un instante, me metí en su maleta.

Y esta es mi historia: ahora vivimos en Aquisgrán, una ciudad de Alemania que no conocíamos, rodados de gente que intenta comunicarse en un idioma imposible.

Pero todo va a ir bien, ahora decoro la cama.